La historia que nos ocupa es un plagio clarísimo del clásico de Oscar Wilde “El retrato de Dorian Gray”.
En la novela original, el tal Dorian es un joven guapo y listo (es evidente que se trata de una obra de ficción) al que un pintor enamorado de su belleza le hace un retrato. Al prota le gusta mucho el cuadro porque no sale haciendo morritos como en un selfi, y comenta con el retratista su deseo de conservarse eternamente joven y guapo y listo. La mayoría nos conformaríamos con haber sido alguna de las tres cosas en algún momento pero ese no es el tema. Podría dar muchos más detalles del libro, pero me lo tendría que leer para que no se notase que me los estoy inventando y paso.
El tal Dorian resulta ser un desgenerado (que es como degenerado pero más chungo) y va haciendo desgeneraciones y lujurias y cosas reprobachables (sí, me invento palabros, qué pasa). Pero en su caso, su deseo se cumple y es el cuadro el que va envejeciendo y le salen granos y pelos y cosas. No como tú que cada día das más asco.
La obra es un clásico de la literatura y el mito de Dorian Gray forma parte fundamental de la cultura occidental por lo que no debería ser necesario que yo te contara esto y tú deberías saber de qué hablo, aunque pasaremos por alto ese detalle (apúntalo en la lista de cosas que deberían avergonzarte y conducirte al suicidio). Para los de la ESO, el personaje de Dorian Grey aparece en muchas penículas fantásticas semigóticas del siglo XIX con guión de mierda, como en “La liga de los hombres extraajusticiables”, que seguro que has visto (apunta eso también en la lista).

El caso de Marian R. Brey es similar al de Dorian pero mucho más triste. Es un tipo que, aunque ni joven ni guapo, en absoluto es listo. Es tan poco listo que si te le acercas mucho es probable que tu Coeficiente Intelectual huya despavorido. O al menos eso parece sucederle a su entorno.
Al igual que Dorian, Marian también comete atrocidades. Pero en su caso no son desórdenes morales sino aberraciones verbales. Si tuviese en un folio una lista de declaraciones vergonzosas, hace tiempo que habría empezado a escribir sobre la mesa por falta de espacio.
Pero al igual que le sucediera al personaje original, estas acciones deleznables no parecen afectar en absoluto a su imagen. A pesar de sus contínuos excesos mantiene un inalterable aspecto de señor simple que invita a abofetearle.
Tampoco es en un cuadro donde acaban reflejadas sus perversiones, sino en un lugar mucho más discreto e inaccesible: la hemeroteca.
Recientemente pudo parecer que este fenómeno paraanormal se acercaba a su fin y le salía una mancha. Acudió a una entrevista radiofónica (Marian respondiendo cosas es equiparable a Dorian acudiendo a una orgía con enanos) convencido de que iba mejor preparado que en la anterior ocasión. Porque sí, no era la primera vez. ¿Osado?, ¿temerario?, ¿inconsciente?, ¿amnesia?, ¿hay alguien al volante?. Llevaba escritas las mismas preguntas que había cagado previamente pero contestadas por un adulto. ¿Quién podía imaginar que las preguntas serían diferentes?. No se… ¿Cualquiera?. Al menos no se olvidó de mencionarlo, que hay que asegurar el ridículo.
El momento cumbre de tal despropósito sucedió con un torticero interés del entrevistador por la brecha salarial entre hombres y mujeres. Marian reaccionó como un auténtico lince ibérico (no por listo, sino por estar al borde de la extinción) y evitó decir lo que pensaba: “No se lo que es eso, no se quién es usted, no se de qué me está hablando y no se qué hago aquí” y lanzó un definitivo “No nos metamos en eso” zanjando el tema como un señor. Como un señor muy mayor abandonado en una gasolinera.
Las gentes de bien y alrededores se echaron las manos a la cabeza. Los intelestuales que pueblan los debates, que aseguran que saben leer y escribir pero se empeñan en demostrar lo contrario, se rasgaron las vestiduras (metafóricamente, cosa que agradecemos). Las hienas de la prensa roja se afilaron los dientes que les quedan y se dedicaron a perseguir a las cluecas del Partido Pustular por los pasillos del congreso. Las publicaciones satíricas respiraron aliviadas, otra vez. En definitiva; quedó demostrado por qué no existe una traducción en inglés para la expresión “vergüenza ajena”.
Pero no nos engañemos. Esto no es un cuento ridículo, es la vida real, que es mucho más ridícula. Marian se dio cuenta rápidamente de la que había liado (en su caso, a tardar una semana lo podemos considerar rapidez) y no dudó en hacerse un retracto igualico que el de Dorian Grey. “Me he retractado, ni poco ni mucho, me he retractado y si me han entendido mal o me he expresado mal no tengo ningún problema en retractarme”, declaró, para gran alegría del gremio de retractistas. Sólo le faltó añadir “si tienen alguna duda porque no se lo que estoy diciendo, consulten a mi retracto”.
La nueva postura con respecto al tema de la brecha salarial fue “Yo tomaré cualquier medida que sirva para hacer justicia en este asunto” que, para los que no tengáis estudios, significa exáctamente “No se lo que es eso, no se quién es usted, no se de qué me está hablando y no se qué hago aquí” pero dicho con más elegancia. Y todo el mundo quedó contento. O al menos igual de contento que antes, que no es gran cosa.
Y fue así como otra mancha desapareció de su cara y fue a esconderse a su retracto, que no solo es más feo que el de Dorian Grey sino que además huele peor, y pudo de nuevo el pequeño Marianico recuperar su habitual expresión de “perdone pero no estaba escuchando”.
Y todo volvió a la subnormalidad, quedando demostrando que el que compra la moto es mucho más tonto que el que la vende.

Aludidos, ofendidos, confundidos y el que no se haya escondido tiempo ha tenido, diríjan sus quejas a mi retracto.

Besitos.

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